La última dama de la Málaga industrial

27.01.2013

El 14 de enero fallecía a los 99 años doña María Eugenia (Chica) Gross Loring, bisnieta de los dueños de La Concepción

En 1953 puso en marcha el hotel Casa del Monte, a los pies del Monte Sancha, uno de los primeros de la Costa

Hay vidas que son tan ricas, que trascienden la propia y se proyectan en las de su entorno hasta convertirse en una pauta a seguir. Ha sido el caso de María Eugenia Gross Loring o Chica, como la conocían sus amigos y familiares.

No sólo ha tenido una larga vida, sino que además imprimió en su familia una manera de ser y de hacer las cosas, aparte de conservar la memoria de las generaciones pasadas, unas generaciones que en su caso hicieron posible, con su esfuerzo, la Málaga más próspera del siglo XIX hasta llegar a nuestros días.

El pasado 14 de enero fallecía a los 99 años y con ella se va el entronque más sólido que todavía unía a la ciudad de nuestros días con esa esperanzadora Málaga de la revolución industrial, la que abrió fábricas, construyó parques y avenidas y proporcionó trabajo a miles de personas. Porque en Chica Gross Loring confluían las principales familias de la Málaga del XIX. En su casa conservaba el retrato del norteamericano Jorge Loring James, su tatarabuelo, el primer Loring en desembarcar en Málaga, así que era bisnieta de Jorge Loring Oyarzábal y de la hija de Manuel Agustín Heredia, Amalia Heredia Livermore.

Y por línea paterna, la herencia alemana de los Gross, pues su abuelos fueron Federico Gross Gayen y María Orueta, el matrimonio que en 1906 recibió en su finca de Santa Tecla a los recién casados reyes de España Alfonso XIII y Victoria Eugenia.

Su padre, Ricardo Gross Orueta, se convirtió en el III Marqués de Casa-Loring al casarse con su madre, Julia Loring Heredia que moriría a los dos años de nacer María Eugenia. Este título nobiliario - otorgado por Isabel II a sus bisabuelos por haber costeado de sus bolsillos los fármacos de muchos malagueños sin recursos durante una epidemia de cólera morbo- pasaría luego a su hermano, Ricardo Gross Loring. 
En cuanto a su padre, es recordado por su importante papel en la vida pública malagueña: presidió la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo y la Junta de obras del Puerto (originalmente el muelle del Paseo de la Farola lleva su nombre) e hizo posible la fusión de la Hermandad del Cristo de la Buena Muerte con la antigua cofradía de la Virgen de la Soledad, formando la Congregación de Mena, de la que sería el primer hermano mayor. Además, salvó la Virgen de los Servitas de una quema segura.

Con este bagaje familiar, no es extraño que María Eugenia o Chica Gross Loring fuera una mujer inquieta y cosmopolita, que hablaba cuatro idiomas y que, ya nonagenaria, no dejaba de practicar alemán cuando tenía ocasión.

Nació en Gamarra, entonces una zona de grandes casas de recreo. Gran lectora hasta el final, tenía un especial cariño por el libro El tiempo entre costuras, de María Dueñas, que regalaba con verdadero placer a su entorno al recordarle la etapa, durante la Guerra Civil, en la que vivió en Tánger, mientras su marido, Ignacio Benthem Guille, combatía. De hecho, estando embarazada voló de Tetuán a Sevilla en un avión lleno de Regulares.

Madre de seis hijos, no quiso ser un ama de casa al uso y en 1953 abrió al pie del Monte Sancha Casa del Monte, uno de los primeros hoteles en la naciente capital de la Costa del Sol que permanecería 20 años en activo. De esa etapa recordaba una cena en su casa - situada por encima del hotel- con una huésped muy especial: Rita Hayworth.

En la primavera de 2010, con ocasión de la redacción de un libro sobre 20 de las familias malagueñas más recordadas, el autor de estas líneas tuvo ocasión de conocer a Chica Gross Loring, en compañía de su hijo, Jorge Benthem y de su nuera, Olga Mendoza. En su casa del Monte Sancha, con inolvidables vistas de la Caleta, descubrió a una persona que, pese a su avanzada edad, era un envidiable ejemplo de vitalidad, memoria enciclopédica y buen humor, atendiendo al visitante con calidez y espontaneidad.

Con los 96 años que entonces tenía, mostró con orgullo un armario lleno de mermeladas de todas clases que ella misma fabricaba y que, hay que dar fe, eran difíciles de superar.

Entre sus numerosos recuerdos, preciosas fotografías de su madre, a la que no pudo conocer por perderla muy niña, escritos de su larga vida y un álbum de fotos de la década de 1860 de la desaparecida familia Scholtz -famosos por sus bodegas, donde hoy se encuentra El Corte Inglés- ya que también estaba emparentada con ellos.

Al finalizar la charla, y tras entregar un obsequio que había hecho a mano al periodista, dijo estas palabras: «El amigo tiene que dar algo: simpatía, cariño, ayuda, socorro... pero algo». Descanse en paz esta mujer llena de vida, encanto y generosidad.